Viajes en Velero plaza a plaza

Viajes en Velero plaza a plaza: Occuli



Occuli

Le he regalado hoy sus ojos al Turquesa; dos “oculi” ondulados, encejados por las amuras, a popa de la afilada roda.



Fenicios, egipcios y griegos, tres mil años de navegantes han confiado en que esos ojos librasen a sus naves de toda calamidad; así confío yo en que esta nueva mirada de oro sepa advertir Cíclopes y Lestrigones, o el variable humor del airado Poseidon.

Hay curiosidad y misterio en esos ojos, también un gusto por vagar, perezosa y dulcemente.

En su retina curiosa atesora estos días los colores cambiantes de la luz de La Marina, los brillos de las mil ventanas enmarcadas en madera blanca, el acento agudo y triste de las gaviotas coruñesas que en estas tardes de abril sobrevuelan en recien formadas parejas la ensenada. Una mirada que aprende las cien formas de llover en nuestro puerto y capta el olor que el agua excita en el granito y la madera. Futuros recuerdos que algún día habrán de guiar el regreso a esta pequeña península atlántica desde los lejanos mares levantinos.

Cuentan que el buen Borges, admirando el templo dedicado a Poseidón en Selinunte, le dedicó a aquel unas palabras: “No hay una sola cosa en el mundo que no sea misteriosa, pero ese misterio es más evidente en determinadas cosas que en otras. En el mar, en el color amarillo (dorado, pienso yo), en los ojos de los ancianos y en la música…” Quiero ver en la mirada del Turquesa el movimiento y la continuidad del mar, la luz del sol que acaricia la tierra y levanta brillos dorados en las sonrisas de mujeres que esperan en lejanas islas, en la presencia de ese benéfico soplo oriental, experiencia cansada y apacible, que durante siglos nos ha impulsado a preguntarnos lo que somos, en la inabarcable armonía de las estrellas…

Experiencia y conocimiento; el mozo Ulises, según la versión de Cunqueiro, pidió a Laertes que le regalara el mar y al piloto Foción que le enseñara a mirarlo. Ansiaba adquirir en sus viajes “vagos saberes de perezosos soñadores”. Y así aprendió el antiguo lenguaje que es el mar, y a reconocer a los vientos por sus nombres, el noble arte de marear, la fábula y el teatro, a distinguir las cualidades de la sombras, y entre ellas las que propiciaban los más agradables sueños, el valor de la palabra dada, es decir el de uno mismo, y el de la amistad. Por fin, conoció a Penélope y supo qué era el amor