Viajes en Velero, puerto de Carloforte

Viajes en Velero plaza a plaza en Cerdeña: CARLOFORTE



El origen genovés de Carloforte

La historia traza curiosas geometrías. Dos Tabarcas, una tunecina y la otra alicantina, forman con Carloforte, en la isla de San Pietro, un triángulo invisible por cuyos vértices fluye una sangre común de origen genovés.

Todavía en el siglo XVIII, los bancos de coral de la Tabarka tunecina pertenecían a los Lomellini, señores de Pegli, localidad ligur próxima a Génova. Allí se había establecido una colonia de pescadores de coral a los que el Rey de Cerdeña, Carlo Emanuele III de Saboya, ofrece repoblar la isla de San Pietro. La producción de los bancos había mermardo de manera inversamente proporcional a la peligrosidad de las amenazas berberiscas. Por tanto, una buena parte de la colonia acepta la invitación del Rey sardo, abandona Tabarka, y se instala en lo que hoy conocemos como Carloforte. Los que decidieron quedarse en África son permanentemente hostigados por tunecinos y argelinos. Estos últimos, finalmente, invaden la colonia y fuerzan a sus habitantes a la esclavitud. En 1770 el Rey Carlos III de España libera a los tabarkinos y les ofrece instalarse en la pequeña isla de San Pablo, frente a la costa alicantina, a la que ellos rebautizan con el nombre de Nueva Tabarca, cerrando este triángulo invisible.

Pareja suerte habrían de sufrir los 933 tabarkinos de Carloforte, apresados en 1798 por 500 corsarios berberiscos que, a las órdenes del Raid Mohamed Rumeli, entran a fuego y espada en la ciudad. Son deportados al norte de África y confinados a la esclavitud durante cinco largos años. En 1803, fruto de un acuerdo internacional, son finalmente liberados. La construcción de la muralla que protegió Carloforte, de la que hoy tan solo queda el lienzo oeste y dos pequeñas atalayas, fue impulsada a raiz de estos acontecimientos.



Viajes en Velero, puerto de Carloforte


Carloforte, la escala inevitable

De ida a Sicilia o de vuelta a Baleares, en ruta hacia Tunez o las islas Pelágicas, con Grecia, Turquía o Croacia en el horizonte, uno siempre acaba pasando por Carloforte. Esta situación central en las rutas por el Mediterráneo ha convertido su puerto en una de las escalas habituales más agradecidas. Por cierto, insistiendo en la idea de las geometrías, uno se siente extraño en una isla italiana más próxima a África que a Baleares o Sicilia, oyendo a prácticos y autoridades portuarias tunecinas hablando en árabe por la emisora de VHF.

A Carloforte llegan los ferris y transbordadores desde Porto Vesme y Calasetta. Barcos de nombres evocadores: la “Vesta” y la “Sibilla” que cada hora entran a puerto y liberan o capturan un puñado de coches y turistas italianos.

Viajes en Velero, Ormeggiatori de Carloforte
Viajes en Velero, ferry llegando a Carloforte

San Pietro: una isla de primer grado

La ciudad a la que uno llega hoy no solo es completamente ajena a aquel pasado de crueldad, sino que ofrece una de las caras más amables que he conocido en la Italia meridional. Para empezar, es una isla de primer grado. Es decir, no existen pasarelas, puentes o túneles que permitan llegar a ella en coche o caminando, y sobre todo, carece de aeropuerto. Una isla con aeropuerto es un poco menos isla; de segundo grado.

A las de la máxima categoría solo se puede llegar navegando sobre el mar. Observando en la distancia como emergen de las aguas. Una visión ondulante, dulce o agitada, pero siempre en movimiento. Y si es de noche cuando llegas, vislumbras primero el fogonazo o el chispeo de sus faros. Después, la reverberación de las luces sobre las olas. Algún lejano sonido. Si además se ha despertado el viento terral de la madrugada, indagas si los olores con los que te recibe son de tierra húmeda o de secos pinares.

Viajes en Velero, calle de Carloforte
Viajes en Velero, calle de Carloforte
Viajes en Velero, calle de Carloforte

De la fundación de la ciudad se mantiene el típico trazado ilustrado del siglo XVIII, cuadrículas regulares entorno a una plaza central. El clásico esquema urbano que los Borbones impulsaron en lugares tan distantes de aquí como Ferrol o el barrio de Salamanca. Una simetría tan cuidada que desorienta al forastero que necesita de hitos singulares para cimentar su sentido de la orientación. Aunque gires en cada esquina, te parece estar siempre en la misma calle; fachadas de color pastel, grandes ventanas con contras venecianas enmarcadas en rectángulos de colores pastel también diversos, balcones de hierro forjado en los que cuelga la ropa a secar, vecinos que han sacado las sillas a la calle y que charlan entre sí, o que simplemente observan la tarde pasar.

Por las callejuelas se cuela al atardecer el fresco olor de la colada recién hecha que se mezcla con el aroma de las higueras que en la parte alta de la ciudad han vencido a los viejos lienzos de la muralla dieciochesca. Carloforte es uno de esos pueblos o pequeñas ciudades en las que los vecinos parecen haberse puesto de acuerdo para embellecer su hábitat. De una manera discreta y humilde, pero efectiva, muchas de sus calles están jalonadas de plantas y flores, tiestos y maceteros, enredaderas, arbustos... Como visitante ignoras como surgen estos procesos, si de manera espontánea o por imitación, promovidos por algún foro ciudadano o institución pública, pero en cualquier caso evidencian una conciencia de comunidad y una preocupación estética que se extiende no solo a lo particular sino también a lo colectivo.

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Escenas estivales

Después del mediodía el calor aprieta y la ciudad permanece adormecida bajo los tejados naranja. Cierran los negocios y solo algún despistado u obligado camina por las calles buscando sombras. Al atardecer, cuando el sol declina y la temperatura se suaviza, en esa hora única en la que el viento calma y la luz se llena de color, en esa hora intermedia en la que el mundo se sosiega, en esa hora, en fin, que uno elijiría como momento de vida, el pueblo se despierta con los gritos infantiles que señalan el inicio de los juegos vespertinos, las mujeres plantan sus sillas delante de los portales, los hombres se reúnen en grupos en la plaza y los adolescentes se preparan para iniciar una vez más el juego de la seducción. La plaza perfecta, con sus cuatro árboles frondosos y los alargados bancos de hierro formando un círculo entorno al sombreado parterre. Niños con patinetes de ruedas fosforescentes, jubilados que recuerdan, madres y carritos, adolescentes pavoneándose, una plaza cualquiera del Mediterráneo, la escena que se desarrolla, vestuario y atrezzo aparte, es la misma escena vivida en cualquier plaza de cualquiera de estas islas durante siglos y milenios… Probablemente, una de las esencias más saludables de nuestra cultura.

Viajes en Velero, calle de Carloforte
Viajes en Velero, calle de Carloforte
Viajes en Velero, calle de Carloforte

Más tarde, se cierran algunas de las calles del centro del pueblo para que restaurantes y trattorias saquen mesas y sillas al fresco y alegren con efímeras terrazas los laterales de “vias y viccolos”. Después de la cena, bastante más temprano de lo que en España se acostumbra vendrán los cafés, los helados y la "pasegiatta" tranquila. Pararse otra vez en la plaza a conversar con el amigo o el vecino, comentar el estado del mar o el día de playa.


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