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Viajes en Velero plaza a plaza en Baleares: CABRERA



Cabrera, últimos paraisos del Mediterráneo

Así como en le mundo de los humanos brilla más un pasaporte monegasco que uno somalí, en la escala social de las lagartijas, si algo así existiera, y por qué no, haber nacido en Cabrera debe considerarse un privilegio. Un archipiélago enteramente para ellas. O casi. A los humanos nos está permitido recorrer un breve sendero que desde el puerto se bifurca hacia el otero del castillo, o hacia la bahía y el poblado donde habita una escasa colonia de congéneres, que trabaja y habita en la isla, básicamente, al servicio de las lagartijas. El resto, todo para ellas. En cierto modo, uno envidia a las lagartijas cabrerinas, o cabrerenses, no estoy seguro, reinas de un pequeño archipiélago semi-virgen en pleno mediterráneo occidental.

Velero_por_plazas_Cabrera
Velero_por_plazas_Cabrera

Gracias a su estatus de Parque Nacional, y por tanto a las severas restricciones a las actividades humanas, uno siente el Mediterráneo como cree que fue, cuando el prohibicionismo medioambiental era innecesario. Arribabas a vela a una ensenada profunda y fondeabas frente a un pequeño puerto de casitas blancas y ventanas verdes. Una de ellas, invariablemente, sería una cantina o fonda, en donde por un par de monedas refrescarías el gaznate con media jarra de blanco del país. Reconocerían tu lánguido acento del poniente y en la lengua franca de este mar negociarías, entre trago y trago, el precio de una medida de dulces higos traídos de Corinto. Hoy una cantinera bostezante me ha preparado el café; “dormiría todo el día”, me dice, y como no tengo higos dulces que vender templo el café a la sombra del chamizo bajo el cual cuatro mesas miran al mar. Azul y turquesa, como un hermoso pensami ento es este mar. En su dorso tranquilo amarran dos docenas de veleros en boyas de colores; blancas, amarillas o naranjas, según la eslora del barco. También las hay rojas, vaya paradoja, para los megayates de veinte a treinta metros. Tal vez, sea una cómplice ironía de quien escogió la gama de colores.

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El Castillo de Cabrera

Planto mis pies sobre esta tierra seca, de guijarros pulidos, y siguiendo el sendero asciendo hasta el castillo. Origen medieval, -dice el folleto del Parque- erigido para repeler las incursiones de los piratas sarracenos. Actos de piratería u operaciones de castigo. Juegos semánticos cuyas reglas establece el narrador. Sangre cristiana o sangre mora, sangre en cualquier caso, derramada en abundancia sobre este mar de turquesa. Ya en lo alto, descubro una inscripción en una de las piedras de la muralla: “soldados, 1950 – 1951”. Desde aquí, es muy hermosa la visión de la bahía, poblada de altivos mástiles de veleros tripulados por navegantes felices con esta dósis de paraiso. Me pregunto por los sentimientos hacia la isla de esos quintos, hoy ya licenciados y jubilados, defendiendo de un enemigo invisible, como en un cuento de Buzzatti, un castillo medio en ruinas. Dos años rodeados del azul turquesa y del verde de las co linas, que esta luz isleña amarillea o tuesta

Claras piedras calizas; rosa, amarilla, siena, naranja, ocre… Toscamente labradas y sabiamente apiladas forman estos muretes que tienden líneas sobre el campo balear. Una cuadrilla recompone uno de estos muros en el sendero que rodea la bahía. Los saludo y les pregunto por la faena. Ahora usan cemento, me contestan, lo camuflan un poco para atenuar las críticas de los puristas. Aún así, dos metros cuadrados de muro al día ya no está mal para una cuadrilla de tres peones. Dos metros cuadrados al día. Pienso en los senderos y caminos de las islas. Cientos, miles acaso, de kilómetros de muros pacientemente erigidos por generaciones de campesinos. Sin pensarlo, quizás, humanizaban y embellecían el territorio, expresando una idea o sentimiento a través de la transformación de la materia. ¿No es esta una de las posibles definiciones del arte? Me gusta esta acción discreta del hom bre sobre el paisaje. No son auténticos muros infranqueables; un niño de cinco años puede saltarlos con facilidad. Es, más bien, la huella que deja un hombre, o un clan, sobre el mundo. En su obra inocula el ansia de permanencia, ese sentimiento que desde el megalítico excitan en la mente humana las cualidades imperecederas de las piedras.

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¿Paraiso o infierno?

En un recodo del camino encuentro un cartel que indica la dirección hacia los barracones de los franceses. Es primavera de 2009, un máximo de cincuenta barcos permitidos por día, y miles de lagartijas. Salto atrás. Junio de 1809, solo doscientos años, y en la isla se hacinan nueve mil franceses; las lagartijas se han extinguido. Se las han comido. Hasta la última. Una historia terrorífica se desarrolla en Cabrera. Los nueve mil franceses no participan voluntariamente en un peculiar viaje gastronómico. Son prisioneros de guerra. Sobrecogen los relatos de los supervivientes a este nuestro Auswitch castizo. Entre dos tercios y la mitad de esos soldados obligados a desembarcar en la paradisíaca Cabrera dejan aquí sus huesos. Sin apenas agua, ni comida, lagartijas aparte, expuestos al húmedo frío invernal y al pertinaz calor estival, sin cuidados ni atención médica se debilitan y acaban murien do por docenas día a día. En alguno de los relatos se admite el terror: perro no come perro, pero hombre sí come hombre, es solo una cuestión de circunstancias, y aquí son extremas. Aquellos jóvenes luchadores que intentaron borrar el Antiguo Régimen de la vieja Europa, nacidos en plena euforia de libertad, igualdad y fraternidad, herederos del siglo de las luces y de la razón, se ven ahora abocados a una disyuntiva fatal: la muerte o el canibalismo. Un escalofrío te recorre la espalda al pensar que una tercera parte de ellos, acaso la mitad, según las fuentes, sobreviviera. Solidaridad o terror. No sé. Dan testimonio de aquel infierno unas pequeñas barracas de piedra, hoy acordonadas y señalizadas como un recurso turístico más. Las observo unos minutos y doy media vuelta. Como buen europeo acostumbrado a mirar hacia otra parte, alejo estos pensamientos y me reincorporo al paraiso que abandoné hace media hora. Sigo caminando y observo un curioso tipo de arbusto que por solidaridad o mismetismo ha afrancesado sus formas. Los lentiscos, así se llaman, parecen haber sido podados por el jardinero de Versalles. Adoptan una suave forma semiesférica, como pelotas de tenis seccionadas por su ecuador. El folleto del Parque, en tono más prosáico, informa que es una adaptación endémica de la especie debido a la exposición al viento. Alegra pensar que el alma del Mistral, el más poderoso de los vientos regionales, brama con acentos del Languedoc y la Provenza. Cuestión de justicia