Viajes_en_Velero_Islas Griegas del Dodecaneso


Viaje en Velero por las Islas Griegas: el norte del Dodecaneso




De Leros a Lipsi (julio, 2010)

mapa de Leros a Samos

Ayer han embarcado Érika y Luis en el Turquesa y con ellos ha comenzado la esperada temporada de verano en el Dodecaneso. Día de aclimatación en Leros que hemos aprovechado para recorrer la isla con un par de motocicletas que hemos alquilado, hacer una compra para los próximos dos días e ir conociéndonos. Muy buena gente esta pareja. Día tranquilo recorriendo la costa oriental de Leros; la bahía de Alinda, el puertecito de Agia Marina y la ensenada de Pandeli.

Leros tiene una injustificada fama de isla anodina. Es cierto que no tiene el esplendor o la coquetería de islas más conocidas, pero también lo es que se trata de una isla muy atractiva, con un buen número de lugares interesantes, una costa recortada con fondeaderos razonablemente buenos, e importantes recursos culturales como el castillo o la curiosa arquitectura art-decó del puerto de Lakki. En resumen, me gusta Leros y estoy contento de haber escogido este lugar como base de operaciones para el mes de julio y lugar de residencia del Turquesa el próximo invierno. Después de los baños en el mar, la compra y los paseos, hemos cenado en la terraza de la taberna de “Dimitris el Calvo”, encaramada en lo alto de la bahía de Pandeli, con impresionantes vistas al atardecer. Para mí era la tercera vez: las dos primeras, chapeau, hoy muy flojillo... Dimitris estaba avergonzado y ha insistido en invitarnos a seguir bebiendo vino y cerveza. No hemos sido capaces de negarnos…

Hoy, por fin, salimos al mar. La mañana es espléndida. Una brisa de unos quince nudos, con poca ola, que nos obliga a pecar ciñendo, bordo a bordo, desde Lakki hasta la bahía de Lera en el sur de Lipsi. Unas catorce millas en línea recta que se convierten en casi veinticinco con los bordos, primero hacia el mar, y después hacia el sotavento de la isla de Arcángelo, por el canal de Partheni, para subir en dos bordadas más hacia el islote de Lera. Fenomenal.

tripulante a la rueda
tripulante a la rueda

En la cala de Lera hay una pequeña taberna que ha colocado cuatro boyas para facilitar el amarre a los veleros que, por otra parte, son su clientela principal. Cuando hemos llegado, pasado el mediodía, todas la boyas estaban ocupadas y hemos tenido que fondear. El ancla ha agarrado bien y hemos soltado unos treinta metros de cadena, sobre unos cinco de fondo, porque se espera que el Meltemi empiece a soplar esta noche y quiero dormir tranquilo. Delicioso recuperar el plan BCS de la vida en el Turquesa (bañito, comida y siestuki).

Baño en Lera - Isla de Lipsi
Baño en Lera - Isla de Lipsi

Uno de los días más felices de la temporada es aquel en que preparas el dinghy. Llevaba en su bolsa desde septiembre del año pasado, porque en la travesía de mayo no tuvimos necesidad de usarlo. Así que lo hemos desembolsado, inflado, preparado los remos, y … al agua. Tenía dudas sobre el encendido del fueraborda, parado también desde hace nueve meses. Pero ha encendido enseguida. Se ve que ha agradecido la bujía nueva y el cambio de aceite, además de unas cuantas palabras cariñosas que le he dedicado antes de ponerme a tirar del cable de encendido. Bien, con el dinghy en el agua nos preparamos para desembarcar e ir a ver el partido (hoy juega España con Paraguay) a la taberna de la playa.

Dinghy en Lera - Isla de Lipsi
Cena en el Dilaila de Lera - Isla de Lipsi

Desastre. En la taberna no hay tele. Debe ser la única taberna de Grecia en la que no hay una tele. Alternativa, caminar hasta el pueblo, un par de kilómetros y ver allí el partido. Pero no me atrevo a dejar al Turquesa fondeado, allí solo, con la amenaza del Meltemi en las próximas horas. Intento convencer a Érika y Luis para que se vayan al pueblo a ver el partido, pero generosamente deciden quedarse conmigo.

Un par de palabras sobre este lugar, inmejorable primera etapa del verano. Lipsi es una pequeña isla, poco frecuentada por los turistas, con un pequeño puerto que ya visitamos en el mes de mayo. El puertecillo con sus calles empinadas, la cúpula azul de la iglesia en lo alto, las pequeñas casas de pescadores agrupadas como un mecano alrededor del puerto… nos había encantado. No tanto, el personal local, que parecía un poco altanero con los visitantes. Pues bien, esta pequeña bahía de Lera es una gema todavía más hermosa. Media docena de casitas desparramadas por la ladera, la pequeña bahía en forma de media luna, los islotes que la rodean, la tranquilidad que se respira…

Lera - Isla de Lipsi
Lera - Isla de Lipsi

Y además está la pequeña taberna “Dilaila”. Simple pero eficaz. Decorada un poco como garito chill-out de Formentera y otro poco como la clásica taberna de islote griego de siempre: muros encalados, maderas pintadas con colores atrevidos, objetos de decoración locales mezclados con otros de tipo “indi”, enredaderas y buganvillas, chumberas, macetas con flores, un par de gatos ociosos… Detrás de este escenario, el rural isleño; un camino de tierra muy seca, cercados de piedras apiladas, olivos, higueras, algún pino… Lógicamente nos hemos quedado a cenar. En las mesas contiguas había sobre todo italianos. Su presencia no es tan hegemónica como en el Jónico, pero en determinadas zonas también son mayoría. Aquí lo eran de manera absoluta. La cena, de lo mejorcito de las últimas jornadas: espléndidas Berenjenas “Dilaila”, una Musaka por encima de la media, un Tsatsiki soberbio… Bien.

Nos llegan las noticias del partido vía sms. Almudena me informa de los penaltis, de los paradones, de las pifias. Las mesas de alrededor también están pendientes de los sms. Las noticias son confusas y no logramos aclararnos. Al final, llega el esperado sms: España 1 – Paraguay 0. Bien. Habrá que asegurar una tele para ver la semifinal con Alemania.

Volvemos al Turquesa con el dingui. La luna todavía no ha salido y la oscuridad es total. Encontramos al Turquesa esperándonos bajo un cielo increíblemente estrellado. Nos vamos a dormir. Buen día y buen comienzo de temporada.

de Lipsi a Patmos

Patmos desde la Chora
Patmos desde la Chora

Efectivamente, el Meltemi ha empezado a soplar. Se ha hecho sentir en las primeras horas de la madrugada, y hacia las ocho, cuando me levanto, ya cargan rachas de entre 20 y 25 nudos en el fondeadero. Nos damos un primer baño matinal y después preparamos un cumplido desayuno en la bañera. Fuera, en el canal entre Lipsi y los islotes del sur el viento araña con fuerza la superficie y levanta abundantes borreguillos. Nos preparamos para la navegación hacia Patmos. Salimos con un rizo en el génova y nos ponemos a un descuartelar hacia la punta suroeste de Lipsi. En el canal, las rachas superan los 25 nudos, pero una vez libres del sotavento de la isla, aunque llega una ola un poquito más incómoda, el viento baja y se queda, hasta Patmos, entre los 15 y 20 nudos. En un par de horas, estamos entrando en la amplia bahía de Skala. Aquí, el viento también se acelera hasta que entramos en el interior del puerto. Es curioso este fenómeno de la aceleración del viento en el sotavento de las islas. Las laderas recalentadas impulsan el viento fresco que llega del mar y lo aceleran fácilmente hasta diez nudos por encima de la velocidad que traía en el barlovento de la isla, o fuera en el mar, alejado de los efectos orográficos. Primer amarre a la griega de la temporada con ayuda de Érika y Luis en el molinete soltando cadena. Todo ok. Hemos decidido quedarnos dos noches aquí porque mañana se espera que el Meltemi suba a fuerza 6 a 7, y en esas circunstancias es mejor estar en puerto. Por tanto, alquilamos otra vez un par de motos. Por diez euros al día, tienes autonomía para moverte de manera cómoda y llegar hasta prácticamente cualquier lugar. Son una buena ayuda también para llevar la compra al barco, o como en este caso, subir a lo alto de la colina en la que está el monasterio de San Juan Teólogo y el pueblecito de Chora, y tomarte un Martíni blanco con mucho hielo (Martinachio en la jerga del Turquesa) observando desde las alturas como el ocaso se cierne lentamente sobre un mar de tonalidades cambiantes del que emergen islas como grandes dragones por todas partes…

Cena tranquila, cafelito en el “Arión” y a la cama. Bien.

Día en Patmos. Hoy ha tocado hacer compra por la mañana. También hemos aprovechado para llenar uno de los tanques de agua que prácticamente habíamos terminado, y con los deberes hechos nos hemos ido en las motos a una pequeña cala, en el norte de la isla, tranquila y muy hermosa. Son éstas calas lugares semi vírgenes, si esto se puede decir de un lugar como Grecia en el que en cualquier lugar te alcanzan fuertes ecos del pasado, quizá no tanto de la Antigüedad, ya lo he dicho antes, como de esa agitada historia de dominio bizantino y turco. La cala se abre al pie de dos colinas, entre las cuales en invierno debe correr un arroyo. Entre los árboles que sombrean la orilla se esconde una casita de muros encalados y ventanas azules. Enfrente, un islote hasta el que han nadado Érika y Luis, con una pequeña ermita también blanquísima, en el que viven dos cabras olvidadas. Colgada de una de las laderas, una taberna con una terraza que se abre a esta pequeña ensenada increíblemente azul. En la distancia, los islotes que puntean la bahía de Patmos, hoy salpicados por la espuma que levanta el Meltemi sobre el mar. Todavía con los bañadores mojados y la piel salada y fresca, hemos hecho una comida ligera, la clásica “Ajoriátiki” o ensalada griega, fritos de carne y calabacín, y para terminar nos han obsequiado con unas tajadas de sandía fresca.

Cala en la isla de Patmos

de Patmos a Marathos

La tarde ha seguido fluyendo y aprovecho para actualizar la bitácora. Mañana zarpamos para Marathos.

Mapa de Lipsi a Agathonisi

Ayer el Meltemy se ha dejado sentir en Patmos. Hoy está mejor y tenemos ganas de salir al mar. Me conecto un rato a Internet antes de partir para ver las previsiones para los próximos días, ya que es probable que hasta que lleguemos a Samos no vuelva a tener disponible una conexión. La situación es buena, pero a partir del viernes se espera otra subida del Meltemy. La mañana está espléndida. En la bahía de Skala siguen cargando rachas frescas, pero a medida que salimos del sotavento de la isla la situación se estabiliza y navegamos bien, en un descuartelar amplio, con poco mar. Las referencias que tengo de Marathos son tan buenas que hemos decidido abandonar la idea inicial de amarrar en el puerto de Arki y quedarnos fondeados en una pequeña bahía al SE de esta pequeña isla perteneciente al archipiélago de Arki. El lugar es estupendo: una coqueta bahía bien resguardada del Meltemy en la que viven dos o tres familias gestionando tres tabernas y media docena de apartamentos durante el verano. Han colocado una docena de boyas con buenos muertos para facilitar las cosas a los que llegamos en velero, ya que somos una parte importante de su clientela. La otra parte la conforman los turistas que llegan desde las islas próximas a pasar el día; pequeñas embarcaciones con veinte o treinta personas que bajan a la playa, comen en una de las tabernas, se dan un baño, y a media tarde, se van. En ese momento, la bahía queda mucho más tranquila, solamente poblada con la docena escasa de veleros fondeados o amarrados a las boyas de las tabernas. Érika y Luis se dan tremendos baños. Se llevan las gafas de bucear y se dedican a inspeccionar las rocas próximas. El patrón, como de costumbre, se da unos bañitos mucho más discretos en las proximidades del Turquesa, y el objeto de su inspección es la obra viva del barco. Todo bien. Al atardecer bajamos a cenar a la taberna Marathi, gestionada por Mikhalis, un tipo verdaderamente peculiar con aspecto de tripulante de barco pirata.

El pirata Mikhailis de Marathos
La taberna de Marathos

Allí nos encontramos a Conchi, una santanderina que navega en un barco alquilado por un grupo de rumanos. Nos cuenta que vive en Rumania, despues de una temporada en Estambul, y que está encantanda. Son un grupo de unas doce o catorce personas que navegan juntos en dos barcos que han alquilado en Kos. A su lado vemos con tristeza como Holanda apea a Uruguay del mundial. Esperamos que no nos ocurra mañana lo mismo a nosotros con los alemanes. La noche, sin luna todavía, es muy oscura. Nos cuesta un poquito encontrar el Turquesa ya que hemos ocupado una de las boyas exteriores de la bahía. En cambio, hay miles de estrellas. Buenas noches.

de Marathos a Agathonisi

Como cada mañana, la tripulación se dan un baño en el mar antes de desayunar. Este tipo de tratamientos deberían estar incluidos en la Seguridad Social: un baño fresco en agua de mar, unas brazadas para estirar los músculos, y al volver al barco sentir como la sangre se ha activado, nos hemos desperazado y el ánimo se pone a punto para un desayuno en la bañera. Así lo hacemos. Recogemos el dinghy sobre cubierta y salimos hacia Agathonisi. En el canal que separa Marathos de Arki, aún siendo temprano, ya sopla el viento con fuerza. Son como túneles estrechos entre las islas en los que el viento se encañona y aumenta considerablemente su velocidad. Al sur de Arki, hay una zona de islotes y bajos que forman unas fabulosas piscinas naturales con el agua de un color increiblemente turquesa. Sin embargo, están un poco expuestas al viento, y como sigue soplando bastante decidimos proseguir hacia Agathonisi. La travesía es corta, escasamente quince millas que navegamos bien entre un descuartelar y un través.

Tripulante a la rueda
Nuestro velero navegando a vela
Tripulante a la rueda

Sin embargo, el mar aquí ya tiene más recorrido y viene empujado por el encañonamiento que se forma entre Icaría y Samos. Está algo incómodo, aunque va mejorando a medida que nos alejamos de Arki. La llegada a Agathonisi, como de costumbre, con mucho viento. Hemos venido navegando con unos 15 - 20 nudos de real, que al llegar a las proximidades e la isla sube por encima de los 25. Rizamos y antes de entrar en la estrecha ensenada de San Jorge, recogemos todo el aparejo. Hacemos un poco de tiempo para dejar que entre el ferry que conecta las islas de esta zona del Dodecaneso, un barco antiguo pintado en color naranja y marrón y de nombre Kalymnos. Sorprende la destreza de estos capitanes para maniobrar estos barcos, muchas veces gigantes, en bahías y ensenadas minúsculas, con viento o mar de cualquier manera. Maniobran con precisión; sitúan el barco, lanzan el ancla, dan atrás, lanzan un par de estachas, abren rampas, descargan, vuelven a cargar, y en un intervalo de menos de quince minutos, ya están de nuevo rumbo a la siguiente isla. En la ensenada de Agathonisi, al cruzarse el ferry para amarrar de popa al muelle, literalmente bloquea la entrada o salida del puerto durante unos minutos. Ahora que ya la ha dejado libre entramos a puerto.

Isla de Agathonisi

El fondeadero es estrechito y ya hay media docena de veleros, así que toca lanzar el ancla a la popa del último de ellos, con cuidado de no bloquear el espacio de maniobra del ferry, es decir, diez o quince metros más allá.El lugar nos encanta. El puerto de Agathonisi se compone de diez o quince casas, muy blancas con sus ventanas pintadas de azul, muy azul, y entre ellas cuatro o cinco tabernas y media docena de estudios para alquilar, rodeados de frondosas buganvillas y otras flores cuyos nombres desconozco.

Isla de Agathonisi
Isla de Agathonisi

Observamos con satisfacción que las tabernas tienen antenas de televisión. Esta noche no nos ocurrirá como en Lera-Lipsi. Nos aplicamos a la terapia BCS. Por la tarde, acerco a Érika y Luis a una cala próxima al puerto con el dinghy y el patrón desembarca con el objetivo claro de tomarse un buen café a la sombra, mirando el mundo, y sin pensar demasiado. Al rato, llega un barco con pabellón español. Bien. Aunque seguimos siendo clara minoría con respecto al número de barcos alemanes, al menos ya no estaremos solos. Ni mucho menos. Por la noche coincidimos con la tripulación del barco español, un hermoso Moody de cincuenta y pico pies, matriculado en Valencia y que viene de Alania, en donde ha pasado el invierno, rumbo a casa. Además, en nuestra taberna, la de "Georges", se han juntado un grupo de franceses, un par de italianos, y nosotros. Todos a una nos emocionamos con el partido (la que más una francesa de unos sesenta años que no deja levantarse y saltar, y cuyo marido, llevándose un dedo a la sien, nos dice que está rematadamente loca), y los gritos que proferimos cuando Puyol da ese fabuloso cabezazo deben llegar atronadores a la taberna, un poquito más allá, en donde se han juntado todos los alemanes, a los cuales, por cierto, no hemos oído en todo el partido.

Tripulantes
Taberna en la Isla de Agathonisi

Entre el gol de Puyol, y el par de Metaxas con hielo, nos vamos contentos para el barco. Con una noche tan hermosa cuesta meterse en cama. Ratito de tertulia en la bañera del Turquesa. Un poco más tarde, se oyen los "hasta mañana".

de Agathonisi a Samos

Queríamos haber salido temprano esta mañana, pero nos han dado casi las diez. Casi todos los barcos que estaban fondeados con nosotros ayer, aquí en Agathonisi, ya se han marchado. Acortamos los tiempos matinales y en menos de una hora nos estamos poniendo en marcha. Dentro de la bahía, apenas sopla el viento, pero en cuanto salimos fuera empiezan a cargar las rachas. Como siempre, mientras estamos cerca de una isla, en este caso bordeándola por el oeste para subir hacia el norte, el mar nos pega con insistencia. Sufrimos los primeros pantocazos, los primeros "salseiros", y finalmente optamos por levantar la capota. Tenemos el viento justo en la proa mientras navegamos hacia el NW para doblar el cabo del extremo norte de la isla y poner proa al puerto de Pithagorion en Samos. Poco a poco el mar va mejorando aunque se mantiene el viento en los veintipocos nudos. Por fin, podemos abrir un poco el rumbo y damos el génova muy rizado, y aún así, con tan poquita vela estamos ciñendo a seis nudos. En las veinte millas de travesía el viento sigue cayendo, y nosotros progresivamente desenrollando el génova. A unas cinco millas baja hasta los siete u ocho nudos, pero en la distancia se ve con claridad, como en las proximidades de la isla la mar está rizada y abundan los borreguillos. Así van las cosas estos días, cuando nos acercamos al puerto empiezan a llegar las rachas que bajan aceleradas por las laderas del sur de la isla. Echamos un vistazo en el puerto, pero está todo lleno, no hay sitio, así que fondeamos fuera del primer espigón, enfrente de la playa.

Tripulantes
Taberna en la Isla de Agathonisi

Plan BCS aunque no del todo cómodo porque están cargando rachas toda la tarde que pasan de los 25 nudos. He tirado unos 30 metros de cadena, en un fondo de cuatro o cinco metros, he comprobado que el ancla estaba bien clavada, y el Turquesa se mantiene en su sitio toda la tarde. Al atardecer bajamos con el dinghy a dar un paseo y buscar una taberna en la que cenar. Sigue soplando y la temperatura ha bajado. Siento, por primera vez en muchos días, frío en el cuerpo. Subimos a ver los restos de la fortaleza de Pithagorion, la basílica, y desde lo alto observamos el puerto recoleto, y la bahía en la que está fondeado el Turquesa. Después de la cena, un cafelito rápido porque sigue refrescando. Hemos perdido de vista el barco por una hora y cuando llegamos al dinghy tenemos el susto más serio desde que salí de Coruña. En algún momento de esa hora, el ancla ha fallado. El barco no está en su sitio y descubro con alarma que ha garreado más de doscientos metros. Está prácticamente en la bocana del puerto. Damos toda la velocidad posible al fueraborda, en esos momentos desearías tener un fueraborda de cincuenta caballos, y ponemos proa al Turquesa. La luna todavía no ha salido y la noche está muy oscura, pero distingo con claridad las dos luces que he dejado encendidas a bordo, la de todo horizonte del tope del palo, y la solar que brilla más blanca en el balconcillo de popa. Vemos luces en el barco, linternas que se mueven en la cubierta, en la proa. Unos alemanes han visto como garreaba y han salido a toda velocidad con sus neumáticas a parar el barco. Cuando subimos a bordo, acaban de soltar otros veinte o treinta metros de cadena y el ancla ha vuelto a agarrar. Nervios. Les agradezco a los cuatro tipos que a penas veo en la oscuridad lo que han hecho y me apresuro a encender el motor, encender los instrumentos de navegación, luz de cubierta, revisar el fondeo (han dejado incluso la boza colocada, bravo por los alemanes) y cuando la situación está otra vez bajo control, subimos el ancla de nuevo y volvemos al interior de la bahía, enfrente de la playa, a fondear medio a oscuras. La vista se va habituando a la poca luz y finalmente echamos el ancla más o menos en el mismo lugar en donde habíamos fondeado incialmente. Siguen cargando rachas fuertes y esta vez largo cincuenta metros de cadena en el mismo fondo de cuatro metros. Damos atrás para comprobar el agarre del ancla. Todo Ok. Por fin, podemos recoger todavía con el frío y el susto en el cuerpo. La tripulación se va a dormir. El patrón sigue todavía una hora en cubierta observando la reacción del fondeo cada vez que carga una racha, después de haberse acercado con el dinghy a agradecer nuevamente a los alemanes el gesto y la acción que han tenido con nosotros. Noche de perros. Con un ojo cerrado y el otro abierto. Comprobando a cada rato que el ancla no vuelve a garrear. Milagroso es que en los doscientos cincuenta metros de garreo el Turquesa haya sorteado a los dos o tres barcos que tenía en su camino. Estoy seguro que se lo debemos a los "occuli" de proa. Gracias también a ellos.

Pythagorion - Samos

Después del susto de anoche, esta mañana he madrugado para estar pendiente de algún hueco que quedase en el puerto de Pithagorion, dejar el fondeo y amarrarnos a algo más sólido que el fondo de la bahía de Pithagorion. Hacia las ocho ha salido un barco austríaco y rápidamente hemos ocupado su lugar en el muelle. Érika y Luis han alquilado una moto para recorrer la isla de Samos.

Tripulante

Aunque formalmente no está incluida en el Dodecaneso, la isla cierra por el norte, al este de Icaría, este archipiélago que se extiende hasta Rodas en el sur. La isla es la mayor de la zona, con alturas considerables que superan los mil metros, mucha agua, y abundante vegetación. El derrotero de Piri Reis explicaba que hasta aquí venían turcos, venecianos, genoveses, bizantinos para cortar árboles con los que después construían sus galeras. En la Antigüedad clásica, Samos fue una isla de gran importancia. Además de ser el lugar de nacimiento de Pitágoras, de la mano del tirano Policrates se realizaron tres grandes obras que fueron orgullo de los habitantes de Samos y objeto de admiración de todo el mundo helénico: el túnel perforado en el corazón de la montaña hasta las fuentes subterráneas de la montaña y que servía para abastecer de agua la ciudad; el gran puerto, parte del cual sirve todavía hoy de cimentación del actual, y por último, el gran templo dedicado a Hera del cual tan solo queda una nostálgica columna. Érika y Luis han hecho los deberes y han visitado todos estos lugares. Y cómo no, también nos hemos hecho la foto de rigor delante del monumento dedicado a Pitágoras. Han sido dos agradables días de descanso.

Basílica en Samos
Monumento a Pitágoras en la isla de Samos
Túnel en Samos

Aquí en Pithagorion, en Samos, empezó a tomar forma hace más de veinte años este sueño de navegar por las islas griegas, de hacerlo en mi propio velero, de alcanzar este mundo de islas a caballo entre Europa y Asia, en el Mediterráneo oriental, impulsado por el viento desde las ahora lejanas costas de Galicia. Sentía que hasta aquí tenía que llegar. Y hasta aquí hemos llegado; el Turquesa y yo, con la ayuda de todos los que habéis navegado con nosotros. En cierto modo, siento ahora, que algo se ha completado. No sé todavía si se trata de un círculo o de un semicírculo, o de alguna otra forma geométrica con lados aleatoriamente dispuestos. Pero sí que he sentido con claridad que un largo periodo de más de dos décadas ha quedado definitivamente atrás…

Puerto de Pythagorion en la isla de Samos

Hoy, día 10 de julio, han desembarcado Érika y Luis. Han sido una formidable tripulación. Nos hemos despedido con tristeza en el muelle de Pithagorion. Espero que algún día volvamos a encontrarnos.