El hombre propone, y Dios dispone. Cierto. Los planes hasta hace unos pocos días eran proporcionar al Turquesa un apacible invernaje en Carloforte, en la isla de San Pietro. Sin embargo, tuvo que atravesar lo que le quedaba de Mediterráneo, hasta el Estrecho, y desde allí remontar la costa portuguesa para llegar, el veinte de septiembre de 2011, al puerto de Coruña. Todo ello, gracias a la impagable colaboración y ayuda de Gerardo.
Pero vamos por partes en este último resumen.
El ocho de agosto embarcó en Milazzo una familia catalana. El Turquesa los llevó por las islas eólicas: Vulcano, Lípari, Strómboli, Salina y Filicudi. Desde allí zarparon hacia Palermo, en donde desembarcaron el día 14 de agosto. El 15 de agosto embarcaron dos parejas de amigos, también residentes en Cataluña. Con ellos a bordo, el Turquesa navegó por la hermosa costa noroccidental de Sicilia, las islas Égadas y Trápani, en donde desembarcaron el día 21 de agosto.
Desde allí, el Turquesa continuó su regreso hasta Carloforte, en el sur de Cerdeña, en donde pude volver a embarcar. Navegamos hasta Porto Colom, en Mallorca. Nueva despedida del barco, y Gerardo se quedó al mando para el traslado de Mallorca a Coruña. En poco más de 15 días, con escalas obligadas para repostar o esperar un parte favorable en Almería, Gibraltar, Cádiz, Sagres, Baiona, Aguiño y Muxía, exactamente el 20 de septiembre, como decía más arriba, el Turquesa regresó a casa, después de haber navegado más de 6.000 millas por el Mediterráneo y el Atlántico en los dos años y medio anteriores. Tres hermosos veranos en el Mediterráneo, entre Fisterra e Ítaca, entre Galicia y Turquía, que ya forman parte del recuerdo.
Círculos. Esferas. Bucles. Movimientos que nos arrojan a la salida desde la meta con la obstinación de las mareas. De las órbitas. De la respiración. De la vida.
¿Qué nos queda de este mar? Existen múltiples ideas sobre el Mediterráneo. Unas evocan un contrapunto a la Europa atlántica y continental, aquella de cielos grises, lluvias largas, recios fríos; y también fabril, escrupulosa, obsesiva con la eficiencia. Por tanto a esta idea de oposición pertenecen los azules, los ocres, los blancos cegadores, el verde plateado, y también el pardo; la sequía estival y la sensualidad de las noches; la indolencia de los isleños, la dulce pereza y un depurado gusto por el caos.
Otras lo fijan a un pasado sublime, pleno en sabiduría; prohombres en la filosofía, en las artes, en saberes obsoletos o eternos según quien los juzgue. En esta esfera del pensamiento encontramos también los espacios ruinosos o recintos arqueológicos: templos y burdeles, iglesias y teatros, palacios y cloacas. Todos ellos adornados de mensajes cifrados cuya interpretación promete un mayor grado de sabiduría. Este Mediterráneo, llamémosle histórico o literario, conjuga la épica y las emociones de ambos argumentos. Homero, Safo o Heródoto. Goethe o Stendhal. Byron. Kavafis, Durrel, Elytis, Lawrence, Miller... moldean con sus palabras la visión idealizada de este espacio marino que muchos nos esforzamos en perseguir. Inútilmente. Ese mundo ya no existe. El turismo de masas succiona el alma de aquellos lugares mientras los mercaderes se enriquecen reconstruyendo espacios temáticos, templos del consumo más despiadado que imitan grotescamente, como caretas de carnaval, la piel con plástico, la piedra con cemento, el acto de fe con un eslogan publicitario. Con suerte y perseverancia, si te alejas lo suficiente, alcanzas a escuchar los ecos de sus ecos.
En las aguas del Mediterráneo flotan navegantes solitarios. He conocido a algunos de ellos. Si tiendes a preguntarte por los motivos que han llevado a un hombre a recluirse solo en su barco, reprime tu curiosidad y ahorra tus palabras porque ellos esquivarán tus preguntas con respuestas sin valor, o interpondrán el silencio. Observa sus gestos, el rumbo de las arrugas que se han marcado en su piel, la dirección de su mirada y la frecuencia con que la modifican. Escucha también lo que no dicen sus palabras. Mejor aún, sus silencios; la cadencia, el tono y volumen de éstos. Ignora su aspecto exterior, el desaliño de su vestimenta gastada, la piel oscurecida, los tatuajes o pendientes, pues todos estos detalles ninguna información te proporcionarán. Comprenderás, si prestas la debida atención, que la mayoría, aunque solo unos pocos son conscientes de ello, huyen. Unos de sus certezas, otros de sus pesadillas, casi todos de sí mismos. ¿Cuánto hay de miedo y cuánto de deseo en esta huida? No he reconocido en ninguno de ellos los síntomas con los que describimos los estados felices, o si lo preferís cierta paz de espíritu. La mayoría nutre con su abandono la vanidad que desmiente al asceta. Pero pocos perciben la contradicción. Los más perseveran inconscientemente, y en este proceso continúan acumulando aquello de lo que creían huir.
Preferible es que te preguntes a ti mismo por las razones que te llevaron al mar. Las razones de tu huida. ¿De dónde surgieron tus temores? ¿Qué esperas? “Troca la nostalgia en voluntad, la voluntad en destino” es un viejo dicho que se escuchaba a lo largo y ancho del Mediterráneo, y que ha llevado a confundir el coraje de la acción con el valor de los resultados. Evita pues el desconcierto del viejo marino que con tenacidad y valentía sobrevive al temporal, pero que arriba a un puerto que no deseaba visitar. Elude precipitar la partida; calcula bien tu derrota; revisa y equipa tu nave; elige con rigor tus compañeros de tripulación; atiende a las fechas propicias.
Círculos. Esferas. Bucles. Movimientos que nos arrojan a la salida desde la meta con la obstinación de las mareas. De las órbitas. De la respiración. De la vida.
Liberarse de la inmediatez y adquirir perspectiva. Ya no de uno mismo, sino del mundo que te rodea. De tu casa. De las obligaciones inaplazables, los compromisos necesarios, la apremiante actualidad. Presencias que se desvanecen en el mar. Fuegos de artificio que se apagan en cualquier amanecer mediterráneo. Dice Argullol: “La eficacia del mar o del desierto es que están vacíos de hombres. Es una eficacia terapéutica, pues así curamos las heridas que nos causa el roce continuo de lo humano”
Navegar a vela por el Mediterráneo ha sido un medio más que un fin en sí mismo. Una forma de viajar que se inspiraba en una idea de libertad. La libertad del nómada que lleva su casa a cuestas, o en este caso la casa que le transporta libremente a él. Te gusta, te quedas. Te disgusta, te vas. Así de simple. Así de eficaz. Los destinos a los que arrumbas son decididos por tus ensoñaciones más placenteras. No habrá prisas, piensas, y en tu mente se entremezclan imágenes de islas, pequeños puertos pintorescos, fondeaderos solitarios. Tu única prisa es por dejar de tenerla. ¿Cuánto hay de cierto en estos propósitos?
Deseabas experiencias y conocimiento. He aprendido a contemplar mi propia existencia con mayor humildad. La naturaleza y la soledad recortan el horizonte de tus propios límites. Una noche estrellada dimensiona correctamente la imagen de ti mismo. La aplasta. La reduce. La empequeñece. La exprime. Y si no quieres que esa última imagen de ti mismo que se proyecta en los astros desparezca en la oscuridad, debes soltar toneladas de lastre del ingente tanque de tu vanidad. Comprender que entre la ligereza de un átomo y la levedad de tu existencia, la diferencia es inapreciable. Que tus palabras, tus acciones, tus pensamientos, tus sentimientos, todo aquello que crees que te conforma, se desvanece ante la embestida de la primera ráfaga de viento. Violentamente. O como la esfera de mar y cielo, de límites vaporosos y ondulaciones acuosas en las que tu conciencia se disuelve. Lentamente.
Es este un proceso purificador en el que renaces una vez más. Quizás hayas mejorado; un poco al menos en la facultad de medir el peso de tu ego. Quizás no.
Círculos. Esferas. Bucles. Movimientos que nos arrojan a la salida desde la meta con la obstinación de las mareas. De las órbitas. De la respiración. De la vida.
Recuerdas una vez más que lo que importa son las personas. Tu gente.
Círculos. Esferas. Bucles. Movimientos que ... |